VISIGODA

VISIGODA

Entre los siglos IV y V, el Imperio de Occidente comienza a perder su poder político y administrativo hasta abocarlo a su definitiva quiebra. En el invierno del año 406 los pueblos germanos vándalos, suevos, y alanos, cruzan el Rin invadiendo el imperio con gran pujanza. Al cabo de tres años, cruzaron los Pirineos y llegaron a la península Ibérica, se pasean por el solar hispano de manera incontrolada, saquean ciudades, sumen la península en una orgía de destrucción y sangre sin que Roma pueda poner freno a esta horda de bárbaros, poniendo de manifiesto el final de su dominio en Hispania.
En un intento desesperado, Roma decide utilizar a los visigodos, también germanos pero aliados del Imperio y que habían dado muestras de asimilación de la cultura y política romana, para liberar a Hispania de los otros pueblos bárbaros. Para ello, en el año 416, el general Constancio firma un tratado con el rey visigodo Valia por el que éste se compromete a expulsar de Hispania a los demás pueblos invasores. Fundan el reino de Tolosa (Toulouse, en el sur de Francia), y extienden su influencia gradualmente en la Península, desplazando a los vándalos y alanos al norte de África. Más tarde, tras la conquista de Tolosa por los francos y la pérdida de gran parte de los territorios en lo que hoy es Francia, trasladan la capital del reino visigodo a Toledo.
La Hispania romana va dejando paso a la visigoda produciéndose una serie de cambios estructurales y políticos que desde el Imperio Oriental, tratan de frenar. Desde Bizancio, el emperador Justiniano intenta reconquistar aquellos territorios en manos de los reyes germánicos. En el año 555 d.C. los bizantinos ocuparían poblaciones como Abdera, Urci o Baria, que se hallan en la desembocadura de importantes vías de comunicación, para desde estos puntos llevar a cabo ataques contra ciudades del interior como Basti, Acci o Iliberris.
A partir del año 621 se produce la integración de este territorio en el reino visigodo cuando el rey Suintila expulsa definitivamente a los bizantinos de la Península. Muestra de ello es la concurrencia a partir del IV Concilio de Toledo del obispo de Urci, o en su caso el presbítero, a los concilios peninsulares. 

CRISTIANISMO

Los orígenes del cristianismo en Hispania son oscuros, san Pablo indica en una carta a los romanos su intención de un viaje a Hispania, pero el papa Gelasio en el siglo V lo niega taxativamente. Ninguna comunidad hubiera olvidado sus orígenes si éstos se hubieran producido como consecuencia de la predicación directa de un apóstol de Cristo.
Tenemos la leyenda de los Siete Varones Apostólicos, llegada hasta nosotros por una serie de manuscritos del siglo X, son los llamados “Calendarios Mozárabes”, aunque la leyenda parece datar del siglo VII-VIII.
Según esta tradición Torcuato y sus seis compañeros Eufrasio, Cecilio, Hesquino, Ctesifonte, Segundo e Indalecio, fueron enviados desde Roma por los apóstoles Pedro y Pablo a predicar el Evangelio a España. Llegaron a Acci (Guadix) entre los años 60 –65 d.C., y desde allí se repartieron por el sudeste fundando las sedes episcopales de Acci ( Guadíx), Iliberris (Elvira), Iliturgis (Andujar), Carcesa (Cazorla), Abula (Abla), Vergi (Berja) y Urci (Benahadux). Ctesifonte fue mandado a Vergi, Segundo a Alba e Indalecio a Urci.
Pero, al margen de las tradiciones legendarias que se construyen con intereses bien concretos, lo que podemos pensar es que la predicación del Evangelio en Hispania fue obra de colonos, mercaderes, soldados, funcionarios anónimos que profesaban ya la fe etc.
Durante los primeros tiempos del Bajo Imperio Romano, el cristianismo fue solo una más de las religiones que “cohabitaron” en estas tierras. La población mantuvo aún a lo largo del siglo III el culto Imperial, al que iban unidos toda una serie de cultos romanos. Estos cultos, bien representados en estas tierras, la Iglesia acabó declarándolos y denominándolos “paganos”.
A partir del siglo III, el número de cristianos hispanos empieza a ser significativo. La persecución de Decio a mitad de siglo supuso para ellos un golpe importante. Comienza en estas fechas un proceso imparable de separación entre la jerarquía y los fieles, pues éstos ya no pueden elegir a su obispo, sino que les es impuesto, al tiempo que la sede de Roma reivindica su supremacía, lo que reproduce en el seno de la iglesia la estructura del aparato del Estado Imperial.
En este siglo III ya tenemos constancia de comunidades cristianas en esta zona del sureste. Por fuentes literarias sabemos de la existencia de Obispos en Urci o en Baria, asistentes, según sus “actas” a los Concilios de Elvira en el año 302(?) y en posteriores de Toledo.
Concilio de Elvira.
En Hispania, la Bética contaba con más cristianos que otras regiones peninsulares, como se deduce de la celebración del Concilio de Elvira, el primer concilio del que se hayan conservado las actas. Las firmas de los obispos que asistieron al sínodo prueban la concentración de las comunidades cristianas en el sur, pues participaron los obispos Félix de Acci, Osio de Córdoba, Sabino de Hispalis, Camerino de Tucci, Sanagio de Epagro, Secundino de Cástulo, Pardo de Mentesa, Flavio de Iliberri, Cantonio de Urci, Eutiquio de Basti y Patricio de Málaga. Entre los presbíteros, muchos proceden de ciudades béticas: Osuna, Iliturgi, Carbula, Écija, Acinipo, Lora, Cabra, Ulia y Córdoba. En total, once obispos proceden del sur de Hispania entre diecinueve obispos firmantes.
En los cánones del Sínodo de Elvira queda claro que los cristianos pertenecen en su mayoría a las capas ricas de la sociedad. Así ejercen el cargo de flamines y el dunvirato, poseen esclavos, viven en la ciudad y tienen renteros ya que poseen campos, pueden prestar sus vestidos para adornos de las procesiones, lo que prueba que eran ricos. Entre los cristianos hay además libertos, prostitutas, antiguas rameras convertidas, personas todas que proceden de los estratos sociales más bajos. La situación económica del clero es desahogada, pues los obispos, presbíteros y diáconos pueden ejercer el comercio dentro de su provincia y tienen empleados o libertos a su servicio, de modo que pueden prestar dinero a crédito, al igual que los seglares. Los cristianos, pues, no sólo se dedicaban a la agricultura, sino también al comercio.
Cuando se reúne el Concilio de Elvira (300-309 d.C.),de las tres sedes episcopales almerienses atribuidas a los Varones Apostólicos, han desaparecido dos, Abula y Vergi, y sólo se conserva la de Urci
Con todo esto, el culto Imperial va a ostentar la primacía de las religiones, hasta que el Emperador Teodosio en el año 380 proclama, en el Edicto de Tesalónica, al Catolicismo como religión oficial del Imperio:

Edicto de Tesalónica

“ Todos nuestros pueblos (…) deben adherirse a la fe trasmitida a los romanos por el apóstol Pedro, la que profesan el pontífice Dámaso y el obispo Pedro de Alejandría (…), o sea, reconocer, de acuerdo con la enseñanza apostólica y la doctrina evangélica, la Divinidad una y la Santa Trinidad del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Únicamente los que observan esta ley tienen derecho al título de cristianos católicos. En cuanto a los otros, estos insensatos extravagantes, son heréticos y fulminados por la infamia, sus lugares de reunión no tienen derecho a llevar el nombre de iglesias, serán sometidos a la venganza de Dios y después a la nuestra (…)”

Concilio primero de Toledo, celebrado en tiempo de los emperadores Arcadio y Honorio en el consulado de Estilicón, era 435, con asistencia de diecinueve obispos.

“Reunidos en la iglesia de Toledo los obispos Patruino, Marcelo, Afrodisio, Alaciano, Jocundo, Severo, Leonas, Hilario, Olimpio, Floro, Orticio, Asturio, Lampio, Sereno, Leporio, Eustoquio, Aureliano, Lampadio y Exuperancio de Galicia, distrito lucense, municipio Celenis, en total diecinueve, que son los mismos que en otras actas promulgaron la sentencia contra los seguidores de Prisciliano y los folletos heréticos compuestos por éste. Estando sentados los presbíteros y de pie los diáconos y reunidos los demás que asistían al concilio, el obispo Patruino dijo: Porque cada uno de nosotros hemos empezado a obrar de distinta manera en nuestras iglesias, y de aquí se han originado escándalos que casi rayan en verdaderos cismas, si os agrada a todos vosotros decretemos lo que ha de hacerse por todos los obispos al ordenar a los clérigos. Mi parecer es que debe guardarse todo lo establecido antiguamente en el concilio Niceno, y que no debemos apartarnos de estas normas. Los obispos dijeron: Esto mismo nos agrada a todos de tal modo que si alguno, conociendo las actas del concilio Niceno, se atreviere a obrar de otro modo distinto del que está prescrito y creyere que no debe atenerse a ello, sea tenido como excomulgado, a no ser que por la reprensión de sus hermanos corrigiere su yerro”

El año 527, bajo la presidencia del Obispo local Montanus, se celebró el II Concilio de Toledo. Fue un concilio de los Obispos del Reino de Toledo, que trató acerca del arrianismo.

En mayo del año 589, bajo el reinado de Recaredo, tuvo lugar el III Concilio de Toledo con la conversión al catolicismo y abjuración del arrianismo por los godos.

He aquí el Edicto del rey Recaredo convocando al Concilio de Toledo de 589:

“Edicto del Rey confirmando el Concilio. El gloriosísimo Rey, nuestro señor Recaredo. De todos los que están bajo el poder de nuestro reinado, haciéndonos amantes suyos, la verdad divina inspiró de modo principal nuestros sentidos para que, con motivo de la instauración de la Fe y de la disciplina eclesiástica, mandáramos a todos los obispos de España presentarse ante nuestra supremacía. Procediendo, pues, diligentemente, y con cauta deliberación sobre lo que conviene a la Fe y se refiere a la corrección de los mores, consta haberse ordenado con toda madurez de sentido y ponderación de la inteligencia. Por tanto, nuestra autoridad manda a todos los hombres que pertenecen a nuestro reino, que lo que se ha definido en este santo Concilio, tenido en la ciudad toledana en el cuarto año de nuestro feliz reinado, nadie pueda contradecirlo ni nadie se atreva a pasar sobre ello. (…) El Rey Flavio Recaredo, esta deliberación que definimos con el santo Sínodo, subscribí, confirmándola. Masona, en el nombre de Cristo, obispo metropolitano de la Iglesia católica emeritense de la provincia de Lusitania, estas constituciones en que intervine en la ciudad toledana, las suscribí, consintiéndolas.”

El obispo Pedro de Abdera asiste a este concilio uniendose a los visigodos. Los obispos del área levantina de la península (Ilici, Begastri, Ello, Cartago-Spartaria, Urci) no pudieron (o no quisieron) asistir a este Concilio al estar esta zona bajo dominio de los bizantinos.
Adoptaron el latín como lengua oficial. Asistieron al Concilio setenta y dos obispos, personalmente o mediante delegados, además de los cinco metropolitanos, siendo la figura principal Leandro de Sevilla.
A partir de este momento, los reyes fueron los protectores de la nueva religión oficial; ellos eligirían a los obispos y las decisiones del Concilio adquirieron fuerza de ley castigando la desobediencia con graves penas.

En el año 621, el rey godo Suintila expulsa definitivamente a los bizantinos de la península. Ciudades como Abdera o Bária comienzan a perder importancia mientras que Urci se mantiene, continuando como sede de la Diócesis Urcitana donde reside un obispo que asiste a los Concilios Toledanos.

Más tarde, en diciembre del año 633, bajo el reinado de Sisenando tiene lugar el IV Concilio de Toledo al que asiste el obispo Marcelo de Urci junto con otros 61 obispos, firmando las actas en vigésimo primer lugar.

Asistió también al V Concilio, reinando Chintila en junio del año 636, firmando en noveno lugar entre los 21 obispos asistentes.

El VI Concilio de Toledo se inició el 9 de enero del 638 y en él estuvieron presentes cincuenta y tres obispos. El Concilio fue considerado una reunión de los Obispos de Hispania y La Galia a diferencia del anterior que se calificó como una reunión de obispos de “las diversas provincias de Hispania”.

El VII Concilio de Toledo en el Reino Visigodo comenzó el 18 de noviembre de 646, y asistieron cuarenta y un Obispos (personalmente o por delegación). No se tiene constancia de la asistencia del obispo de Urci o sus delegados a estos dos últimos Concilios (VI Y VII).

A los Concilios VIII (diciembre, año 653), IX (noviembre, año 655), y X (diciembre, año 656), asiste Daniel, Diácono del Obispo Marcelo de Urci. Estos tres concilios tuvieron lugar bajo el reinado de Recesvinto. En el Concilio IX del año 655, uno de los puntos a tratar es el “derecho de presentación” que hasta ese momento ejercían los patronos de las iglesias, que por títulos de conquista, edificación o dotación tenían conseguido los reyes castellanos y que consistía, fundamentalmente, en la presentación ante el Obispo del clérigo que hubiera de servirla por parte de su fundador:

«Y porque se sabe que sucede muchas veces que las iglesias parroquiales o los sagrados monasterios, por insolencia o incuria de algunos obispos caen en una ruina horrorosa, de modo que se origina de aquí a los fundadores una tristeza mayor que el gozo que habían tenido al construirlos, en consecuencia, movidos a compasión, decretamos: que mientras vivan los fundadores de dichas iglesias, se les permita cuidar de ellas con toda diligencia, y tener a su cargo la principal atención de las mismas, y que ellos mismos pueden presentar a los obispos los rectores idóneos para ser ordenados en dichas basílicas, y si por casualidad no fueren dignos los que ellos hubieren elegido, entonces el obispo del lugar, con la anuencia de los fundadores, ordenará a aquellos que tiene por agradables a Dios para que oficien en los cultos sagrados; pero si menospreciando a los fundadores, el obispo se atreviere a ordenar rectores en las dichas iglesias, tenga entendido que su ordenación es inválida, y para vergüenza suya serán ordenados en lugar de aquellos otros que, siendo dignos, fueren elegidos por los mismos fundadores.»

Palmacio asistió a los Concilios XI (noviembre del año 675, reinaba Wamba) y XII (enero del año 681) cuyas actas firmó en séptimo lugar, al XIII (noviembre, año 683) en sexto lugar y al XIV (año 684) en tercer lugar. Estos tres últimos bajo el reinado de Ervigio.

Aviato asistió, bajo el reinado de Egica, a los Concilios XV (mayo del año 688) y XVI (abril del año 694). Pudo ser el último Obispo de Urci antes de la invasión musulmana, e incluso es posible que en sus años se produjera ésta.

Genesio, Obispo de Urci asistió al Concilio de Córdoba del año 862, ya bajo dominio musulmán, junto con Hostégesis de Málaga, Samuel de Elvira, Saro de Baeza, Ariulfo de Mérida y otros.

En el año 941, Ya´qub ibn Mahran, obispo de Urci, junto con el Metropolitano de Sevilla y el Obispo de Elvira, viajaron desde Córdoba a León, para pactar con Ramiro II el rescate de los prisioneros de la batalla de Simancas.

Ya´ qûb b. Mahrân.
De este obispo mozárabe incluido en el Episcopologio solamente se conseva su nombre árabe. Los mozárabes usaban dos nombres, el cristiano y el árabe. En este caso por disponer solamente de una fuente musulmana, ignoramos el nombre cristiano.
Abd al-Rahmán III an-Násir estaba tremendamente irritado contra Ramiro II, Rey de Asturias y León. A pesar de ello condescendió a un tratado de paz con Ramiro, como medio de liberar con vida a Muhammad b. Hásim desde la batalla de Alhándega, el 8 de agosto del 939. Entre los emisarios que acompañaron al secretario judío Hasdáy b. Isháq a entrevistarse en Yilliqiya (Santiago de Compostela) con Ramiro II iban, por orden de an-Násir, Abbas b. al Mundir, obispo de Sevilla, Ya’qub b. Mahrán, obispo de Pechina y Abdalmalik b. Hassán, obispo de Elvira. El 26 de agosto del 941 se firmó la paz entre Ramiro y an-Násir.
Es éste el único dato que hemos podido encontrar de la permanencia en Pechina de un obispo urcitano del siglo X.
Aunque unos años inmediatamente después se comienza a construir la Alcazaba y la ciudad de Almería por orden del Califa, se supone que el obispo permaneció con los cristianos en Pechina, sin que dejara de atender a los mozárabes que se establecen en la nueva ciudad.

https://benazorin.wordpress.com/2009/01/01/biblioteca/

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